31 de octubre de 2020

De estafados y estafadores

Cuando se trata de tomar decisiones, la mayoría de las personas evalúa con mucho cuidado los beneficios que espera recibir. En ese sentido, la gente gasta su dinero o se compromete a realizar un trabajo sólo en la medida en que cuente ganar algo con ello, ya sea satisfacción, alguna compensación monetaria o un beneficio concreto.

Esto no es extraño ni contrario al sentido común. Ningún asalariado, por ejemplo, se contentaría con recibir sólo aplausos por realizar un trabajo determinado. En cuanto al comprador promedio, éste espera recibir alguna utilidad del bien que haya adquirido. A nadie le gusta descubrir que ha sido víctima de una estafa, es decir que no ha obtenido lo prometido a cambio de su dinero.

Esto no quiere decir que los engaños y los abusos hayan desaparecido, evidentemente. Los timadores y los patrones abusivos son especies muy difíciles de erradicar y sin duda causarán daño durante un buen tiempo todavía. Afortunadamente, hemos desarrollado todo un aparato jurídico y normas éticas que previenen y condenan a los estafadores.

Sin embargo, el principal obstáculo para quienes viven del fraude es la vigilancia de sus posibles víctimas. En efecto, como las personas son en general muy prudentes con su tiempo y su dinero, tienden a dudar de las promesas vacías de los timadores y no se contentan con bonitas palabras a cambio de su esfuerzo.

Esto es cierto en casi todos los aspectos de la existencia humana. Lamentablemente, existe una excepción en un campo de vital importancia: la política.

Cuando se trata de política, el más prudente regala su voto a aventureros sin moral y el más desconfiado termina creyendo con fe absoluta en verdaderos criminales. Es verdad que esta triste realidad se da en todos los países del mundo, pero parecería que los bolivianos somos especialmente vulnerables al engaño. Es como si no hubiéramos desarrollado anticuerpos contra la mentira…

Tomemos un ejemplo no demasiado alejado en el tiempo, como la subida al poder del partido del fraude. Hay que recordar que esta agrupación política logró convencer a una parte del electorado que la única cualidad relevante de un candidato era su tono de piel y, quizás, la forma de su nariz. Para sus ideólogos y dirigentes, en la hora de votar por alguien, no correspondía preocuparse por cosas como la ética personal, la inteligencia o el conocimiento, elementos que definen a una persona. En su lugar, nos proponían considerar características físicas absolutamente menores y superficiales.

Ya en el poder, dicha agrupación y su caudillo perfeccionaron el arte del engaño. Así, convencieron a muchos de que las canchas de fútbol eran prácticamente hospitales y que la profusión de elefantes blancos debía entenderse como desarrollo.

En su borrachera de poder, llegaron incluso a afirmar que su jefe tenía derecho a ganar todas las elecciones por venir, con o sin los votos necesarios.

Quisiera creer que esta amarga experiencia, felizmente en el pasado, ha logrado despertar a los ciudadanos de Bolivia. Sin embargo, toca constatar, con tristeza y alarma, que muchos estafados persisten en creer en el engaño. Al parecer, hasta una quinta parte de los electores estaría dispuesta a votar por el partido de la deshonra, bajo el argumento fraudulento de que éste último representaría a los más pobres.

Como en todo engaño bien elaborado, no habrá solución hasta que no se desenmascare a los estafadores. Por el momento, luego de la huída de su patrón, los encontramos disfrazados de intelectuales, en fundaciones, universidades y ONG prestigiosas. También se esconden bajo el rótulo de artista o de activista de alguna moda ideológica. Esos son los promotores de la mentira y los defensores del engaño.

No obstante, la principal defensa es y será siempre la prudencia. Los ciudadanos deberían cultivar una saludable desconfianza hacia los políticos y no creer en promesas irracionales o falacias ideológicas. Con esta actitud, es posible que las próximas autoridades bolivianas puedan justificar su valor con algo más que el tono de su cutis. Esperemos que así sea.

| ERNESTO BASCOPÉ