31 de octubre de 2020

Un largo camino hacia la democracia

En un mundo ideal, las elecciones de octubre determinarían de manera clara el rumbo del país durante el próximo lustro. De igual manera, si viviéramos en un país de ensueño, luego de conocerse los resultados, la ciudadanía no tendría que angustiarse por algún brote de violencia política o por intentos de instaurar un régimen autoritario.

Lamentablemente, no es el caso. En los próximos años, la sociedad boliviana tendrá que lidiar con múltiples ataques a la democracia y desafíos al Estado de Derecho por parte de los militantes e intelectuales mercenarios del MAS, el partido del fraude.

Desde sus orígenes, y en concordancia con la vieja ideología de sus fundadores, siempre estuvo claro que no veían en la democracia otra cosa que un medio para alcanzar el poder total. Así, no olvidemos que, luego de ganar las elecciones de 2005, no se detuvieron ante nada para devaluar las instituciones y ponerlas al servicio de la reelección indefinida de su caudillo. Entonces, ¿resulta sorprendente que hayan desconocido el resultado del 21F y organizado un fraude monumental en 2019? Por supuesto que no, eran consecuencias lógicas de su ansia de poder y de un proyecto de dominación absoluta de la sociedad.

Luego de ser expulsados del gobierno, gracias a un providencial levantamiento ciudadano, se despojaron al fin de la máscara democrática con la que engañaron a tantos incautos durante década y media. Optaron por la violencia más elemental y no dudaron en incendiar, secuestrar y matar a sus propios compatriotas. No con la intención de recuperar el poder, cosa imposible por el momento, sino para mantener a sus militantes e instituciones subalternas, como la COB y la CSUTCB, en un estado de movilización constante. Adicionalmente, buscan intimidar a la ciudadanía y demostrar que recurrirán a la violencia si alguien se atreve a exigirles cuentas por sus crímenes y exacciones.

Entonces, las elecciones de octubre no resolverán el problema. El partido del fraude, con sus métodos violentos e inhumanos, seguirá constituyendo una amenaza para la convivencia pacífica y para la construcción de una sociedad democrática e inclusiva.

¿De qué manera frenar los embates de esta organización al límite de la criminalidad?

En lo ideal, los electores tendrían que entregar un mandato claro al próximo gobierno. En base a dicho mandato, las próximas autoridades tendrían que fortalecer las instituciones, impedir que los jerarcas del anterior régimen queden en la impunidad y, sobre todo, rechazar cualquier negociación o compromiso con grupos violentos.

Pero esto no será suficiente. El voto permitirá conformar un gobierno que frene los accesos violentos del MAS, pero el control del Ejecutivo no impedirá que dicho partido siga reclutando militantes ni reducirá la influencia de sus intelectuales mercenarios. Conviene desarrollar estrategias en esos ámbitos, si se quiere de verdad evitar un retorno del régimen pasado.

En ese sentido, los partidos deben convertirse en espacios de discusión ideológica, en lugar de las mediocres maquinarias electorales del presente. Se trata de imaginar un futuro posible y la manera en que podemos convertir a Bolivia en un país más justo, más humano y abierto al mundo. Un partido de este tipo atraerá a quienes tengan ideales y aspiraciones de transformación social. ¿No es eso algo deseable?

En cuanto a los intelectuales mercenarios, un importante sostén del masismo, corresponde desmantelar sus redes, rebatir sus argumentos y desafiar su predominio en medios de comunicación y centros de enseñanza. Esto no debería ser complicado, considerando que sus ideas no son más que malas copias de Marx y Reinaga, entre otros, pero urge llevarlo adelante. Hay que escribir, publicar y proponer un verdadero debate de ideas.

Con empeño e implicación personal, desde varios frentes, será posible construir un bastión democrático que detenga a los violentos. De otra manera, si caemos en la ilusión de que las elecciones son el fin de la historia, nos condenamos al desencanto. La decisión parece evidente.

| ERNESTO BASCOPÉ